Testimonios
El tiempo le ha dado la razón a Eufemiano porque "hoy es siempre todavía". Luis González Robles
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Estos realismos vienen definidos por unos determinantes de carácter social; son, en cierto modo, pintores caracterizados por su preocupación social, los que en la época de la guerra civil inician unas tendencias realistas, como creación frente a los academicismos todavía imperantes, y como intento de consolidar una estética política congruentes con los cambios que en España se anuncian. En la década del 40, Eufemiano Sánchez, desde un ángulo totalmente diferente, ensaya una perspectiva de exacerbación realista, basándose a un retorno al tratamiento del objeto, que había sido clásico en la pintura tradicional española desde una preocupación por las telas y por las maderas que estaba ya en la obra de Sánchez Cotán y de Zurbarán; es evidente en Eufemiano el carácter definido de su actitud social, frente a una renovación innovadora este primer ultrarrealista español ensaya innovación de bases tradicionales.
Eufemiano fue hasta la década de los cuarenta un joven pintor caracterizado por un brillante cultivo de las técnicas y géneros figurativos, pero su propio anhelo de perfección, en lo que a la concepción figurativa se refiere, le llevó hacia 1942 a iniciar una manera de pintar que veinte años después Harold Stevenson descubriría como la máxima novedad.
Eufemiano figuraría por derecho propio en una historia de la pintura tradicional; sus cuadros de costumbres, sus indagaciones de carácter folklórico en la pintura africana, sus retratos y sus paisajes garantizarían plenamente ese puesto. Pero para lo que nuestro estudio interesa es que Eufemiano preconizó y exploró las posibilidades de un realismo de vanguardia, cuando nadie en España lo hacía y cuando todavía no se había dibujado ni siquiera las grandes tendencias informalistas, que son sus antecedentes.
El ultrarrealismo de Eufemiano se basó en un primer momento en un cierto divismo estilista propios de un artista que dominaba los secretos de su oficio, y se vanagloriaba de ello no por la actitud, sino mediante el trabajo. En este sentido, Eufemiano pinta grandes paños colgados sobre fondos negros, o al menos de tonalidad oscura, a la manera en que después lo van a practicar algunos de los grandes maestros del género, entre otros Adriaensens. Eufemiano explora también la posición del objeto y su determinación plástica, no de la manera desenfadada con que después va a hacerlo el “pop” americano, sino desde una metodología rigurosa y sabia, buscando lo que el objeto suscita, en su soledad. Enfrenta también y abre con ello la gran trayectoria del retrato ultrarrealista y, sobre todo, replantea la doble tarea de estudiar pictóricamente el objeto como un testimonio de humanidad, y el cuerpo humano, como una especie objetiva; en éste último sentido sus desnudos, que señalan la búsqueda de una perspectiva de absoluta proximidad, significan una manera distinta de entender la pintura del cuerpo humano, no ya detallista, sino sometida a un imperativo de realidad que modifica y determina la concepción y la trayectoria del cuadro.
Mientras que en el capítulo anterior veíamos que los precedentes eran experiencias lejanas y ya extinguidas, en el ultrarrealismo advertimos que el precedente, el primero de ellos, es una presencia actual y viva, porque Eufemiano, aun cuando, como es común a la mayoría de los ultrarrealistas, pinta muy lentamente, no deja de trabajar en la paciente creación de sus realizaciones.
Raúl Chávarri, La pintura Española Actual, Madrid, 1973
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Toda pintura es, en primera instancia –puede también que en primer lugar-, pintura; inmediatamente, puede que al par- un símbolo, es decir, un lenguaje de relación entre lo que muestra y lo que aspira. Un cuadro, en efecto, es lo que quería Maurice Denis: “antes que un caballo o una mujer, una superficie recubierta de colores”, pero el cuadro, sin su caballo de batalla y sin su mujer desnuda, sería la negación de sí mismo. Negaciones del cuadro son, entre otras, el “dripping” o el "tachisme", meros chorreos o manchas de color que muchas veces, es cierto, no carecen de cierto encanto decorativo.
En la pintura de Eufemiano lo primero que percibimos es a ella misma, a la pintura, por cierto que sensualizada a veces con tanta fruición y con tanto refinamiento, que su empaste peculiar podría arrastrarnos a la consideración, bien que bastante técnica, de que lo sobresaliente en ella es la materia pictórica, la "cocina", la cual, digámoslo de pasada, hasta puede conformar toda una estética, una autonomía -matérica- de belleza, como ejemplarmente ocurre en Cossío. Pero detenernos en esta percepción inicial sería mutilar la totalidad del cuadro, complejo mundo en el que se citan y conciertan tantas cosas, tantas –las suficientes- como para dar lugar a un lenguaje, a un sistema de signos que, a su vez, ordena una articulación de símbolos. La pintura con más apariencia de literalidad representativa suele ser, ala postre, la más simbólica. Zurbarán, en sus bodegones de cacharros y frutas, viene a significar –a simbolizar- la resistencia de ideas y creencias antiguas frente al lenguaje fastuoso y desmesurado del barroco, y el que ello se deba o no a la extemporaneidad del pintor respecto al siglo XVII no quita nada al resultado. Chardin, además de pintar humildes rincones domésticos, lo que hace es reaccionar frente al fausto desmesurado de Versalles. Por eso, aunque Watteau sea tan excelente pintor como Chardin, o quizás más, es Chardin el que más cerca está de nuestro tiempo. Pasan, pues, de objetos de bodegón a signos –símbolos- los temas.
"En la medida en que la obra de arte es un signo del objeto y no una reproducción literal, expresa algo que no lo era dado que nosotros tenemos del objeto y que constituye su estructura" dice Lévi-Strauss. Pero en Eufemiano, los objetos reales no están ahí para componer una alegoría ni siquiera imágenes oníricas, ni metáforas literarias. En Maurice Denis, las cosas se inscriben siempre en una sublimación de la realidad. En los surrealistas, las cosas se liberalizan para subvertirlas, para sacarlas del lugar en que las sitúa la costumbre y, así, desconcertarnos. Eufemiano puede, de alguna manera, participar en la sorpresa de lo zúrrela en cuanto que aísla con táctica estupefaciente los objetos y acaba convirtiéndolos en algo más –en mucho más- de lo que originariamente eran. Pro lo hace con una metafísica muy otra de la surrealista: se diría que buscando el camino de su intuición mística de las cosas y, con las cosas, del mundo.
Ese proceso, o procedimiento, que conduce a los umbrales de tal intuición (la filosofía india lo llama yoga) se verbaliza plásticamente como en un ansia de llegar más allá de la pintura, pero siempre desde la pintura misma, a su metafísica. "El hombre –advierte Freud- encuentra en el lenguaje un sustituto del acto". El hombre es, en este caso, el pintor. Quiere el pintor a través de sus símbolos, acceder del todo al conocimiento de su inconsciente de hombre y de pintura, "esa –dice Jung- prodigiosa herencia espiritual del género humano, que renace en cada estructura individual". No se vale para ello, como hacían los surrealistas, del lenguaje promiscuo y, en definitiva, desordenado del sueño. Se vale, por el contrario, de objetos precisos y en modo alguno alterados.
Que no es, como en el hiperrealismo, una reproducción objetiva de la realidad, ya que es él, el pintor, quien dispone de los objetos que previamente ha seleccionado o elegido, no por un impulso estético, sino más bien de acuerdo con lo que el psicoanálisis llama elección objetal. "En este caso –escribe Pierre Fedida- la noción de elección participa estrechamente de la historia personal" Y aquí sí que sería esclarecedor detenerse en el análisis de los objetos-símbolo que forman la constante temática de Eufemiano, a modo de “un gran sueño”: el maniquí, hermano remoto del homúnculo y mandrágora; la vieira o venera, matriz de Venus, la prenda del viaje afortunado; el libro, ardiente espada que herirá siempre a los espíritus de la oscuridad, síntesis del mundo; la armadura, piel de héroe; la cesta, imagen sutil del claustro materno, y la tórtola, cuya voz anuncia el tiempo de la canción y del amor.
Todo ello sobre fondos en los que el negro se recrea en sus más ricas gamas. .Sobre ese negro impávido que alude constantemente a las tinieblas, a las oscuras pasiones del alma y de la carne, las cosas que va ordenando Eufemiano vienen a ser como criaturas del sol, hijas de la luz. Hijas del espíritu que es, inextricablemente, inteligencia y bondad: virtud. No conviene pasar de aquí porque ya estamos a punto de vernos rodeados de fantasmas. "Quien anda entre fantasmas –reza un precepto de la Kábala- se vuelve fantasma él también".
Antonio Manuel Campoy, catálogo de la exposición en la Obra Cultural de la Caja de Ahorros de San Fernando, Sevilla, 1996
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En la terminología del arte, los conceptos de REALISMO y REALIDAD son considerados no sólo como el conjunto de los entes naturales, sino también como el de los seres espirituales y cualquier cosa que tenga algún modo o grado de ser.
El Realismo o la Realidad deben considerarse como trascendental en el mensaje plástico de la obra, apareciendo éstos desde diversas perspectivas, complementarias, cuyos procedimientos, representativos, sean individualmente objetivos, es decir, desapasionados, estáticos, sin olvidar oponer lo real a lo estático. En estas ideas está en verdad la raíz del gran arte español de los siglos XVI y XVII.
Una herencia que fue recogida por EUFEMIANO, con fidelidad casi mística, a través de toda su consecuente obra, en la que lo real aparece como consecuente mensaje plástico. Su voz idealista emana potentemente de sus obras con particular aspereza, pero con una singular honradez varonil de consumado profesional. Su procedimiento es absolutamente realista, aún cuando la composición sea quimérica que demuestra el estado anímico del artista con la Realidad, actualizando de una manera quieta y fiel el estilo del silencio, intimista. Un estilo personal que EUFEMIANO, con estoicismo y fuera del fragor de la lucha cotidiana, va desgranando, con apasionada ilusión en su fecunda labor, acusando el dramatismo en sus figuras y objetos. Unas figuras hieráticas, de realismo sobrecogedor, llenas de sutilezas que muestran su fidelidad con su personal lenguaje expresionista de hondo sentido trágico, en el más puro y honesto espíritu del gran pintor sevillano Valdés Leal.
En un temperamento tan inquieto en busca de nuevas investigaciones plásticas, EUFEMIANO se matricula en la facultad de Bellas Artes de Madrid en Grabado Calcográfico. Una experiencia con la que consigue felices hallazgos artísticos que redondean su ya sólida andadura, con la feliz realización de una serie de aguafuertes y litografías que corroboran su dominio de la línea y su sabiduría en los contrastes de hondo dramatismo goyesco. Como Director del Museo Español de Arte Contemporáneo de Madrid, tuve la satisfacción de instalar en dicho Museo, en 1973, las obras que venían de ser expuestas en la Bienal de Florencia (Italia) dónde acababa de recibir la medalla de oro del certamen, y en 1975 le seleccioné con Sala Especial en el Pabellón de España en la Bienal Internacional de Arte de Sao Paulo (Brasil).
Luís González Robles, catálogo de la exposición en la Obra Cultural de la Caja de Ahorros de San Fernando, Sevilla, 1996
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Nos parece una feliz iniciativa que la primera exposición de cuadros del pintor Eufemiano después de su reciente fallecimiento se celebre en esta sala de la ciudad de Sevilla, en la que él nació.
Eufemiano, de fuerte personalidad, reunió dos cualidades, la de pintor y la de maestro, que ejerció en España y en argentina.
Deseo mencionar especialmente su labor en dos conocidos círculos madrileños: el Círculo de Bellas Artes y la Gran Peña. En este último fue creador y director de un taller de pintura que por la calidad de los cuadros que exponía evidenciaba el alto nivel de la obra realizada. Contribuyó, así, con su saber y elegancia a potenciar la intensa vida cultural de la Gran Peña.
Marqués de Selva Alegre, académico C. de la Real Academia de la Historia, catálogo de la exposición en la Obra Cultural de la Caja de Ahorros de San Fernando, Sevilla, 1996
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Casi al trimestre de su fallecimiento, Caja de San Fernando de Sevilla y Jerez, siguiendo su modélico mecenazgo sobre la creación artística contemporánea, presenta en la sevillana sala Imagen una muestra, un tanto antológica, del pintor Eufemiano (1921 -1995).
Artista a caballo entre la figuración y el informalismo, eufemiano se nos presenta en ella, como lo hizo a lo largo de su dilatada vida profesional, con una selecta producción de variada temática que acredita el prestigio de que gozó en vida y del que, tras su muerte, habrá de gozar dentro de las páginas de la historia pictórica de nuestro siglo.
Pintor y grabador de cuidado oficio y variada iconografía, ofrece, a lo largo de su carrera, una inteligente evolución, que va desde el realismo de los años iniciales, hasta el muy sugestivo neorrealismo de los postreros, pasando por una etapa intermedia e tangencias informalistas que coincidió con los primeros brotes de renovación presentes en la pintura sevillana de la década de los cincuenta.
Formado inicialmente en la escuela de Artes y Oficios Hispalense donde ingresó con sólo trece años, tuvo la suerte de hallar un benemérito profesorado en el que figuraban artistas de la talla de Gonzalo Bilbao, Manuel González Santos y Santiago Martínez, de quienes aprendió no sólo los rudimentos del oficio sino el afán de honestidad y el ansia de superación que le acompañaron el resto de su vida.
Conforme a sus firmes propósitos de adelanto y perfección, se matriculó en la recientemente creada escuela superior de bellas Artes de Santa Isabel de Hungría cuando tenía veintiún años y allí, con maestros de la talla de Alfonso Grosso, Juan Miguel Sánchez, José Martínez del Cid y Sebastián García Vázquez, obtuvo el título de profesor de dibujo y sobre todo una sólida formación que le permitió la posesión de un estilo personal moderno y altamente sugestivo.
Más tarde, tras una fecunda etapa de viajes, exposiciones e incluso once años de residencia argentina, impulsado por sus constantes deseos de aprendizaje, volvió a matricularse, esta vez en la madrileña escuela de San Fernando, en la especialidad de Grabado Calcográfico que cursó con notable aprovechamiento e incluso, al pasar estos beneméritos centros a ser Facultades universitarias se licenció en Bellas Artes por la Complutense de Madrid. Lástima que sus numerosas ocupaciones profesionales le privasen de haber accedido al Grado de Doctor, para el que estaba harto cualificado.
Su vida profesional osciló entre la creación y la docencia particular y pública, pues aparte la impartida en su estudio tanto en España como en Buenos Aires, lo hizo en el madrileño Círculo de Bellas Artes y posteriormente en el taller de pintura de la Gran Peña hasta los días finales de su existencia, siempre con absoluta entrega e inteligente lenguaje profesoral.
Y al lado de ello y aparte la satisfacción de los numerosos encargos que le pedía su selecta clientela, hay que constatar su importante actividad expositora, tanto en certámenes colectivos, a los que acudió parcamente –anotaré su concurrencia a la Bienal de Sao Paulo del año 1975 como el hito más importante de éste apartado biográfico-, como muestras individuales a las que sí fue aficionado, entre las que sobresale la del año 1948 en la Dirección general de Marruecos y Colonias, la de la bonaerense galería Wildenstein en el año 1961, la patrocinada por el Instituto de Cultura Hispánica tres años después, la celebrada en 1973 en el Museo Español de Arte Contemporáneo así como siete años después, la celebrada en la Galería Heller de Madrid.
Junto a las otras de índole más provincial – Valladolid, La Coruña, Salamanca, Granada, Málaga y la propia Sevilla entre las más importantes- que solía acompañar con charlas y conferencias sobre su contenido que dictaba con maestría y amenidad y que siempre tuvieron éxito de público y gozaron de buena crítica, así como en las de carácter oficial, obtuvo recompensas de la categoría de la Medalla de Oro de la Bienal florentina del año 1973.
Y, como complemento, a la vez que como lógica consecuencia de sus constantes inquietudes humanísticas, una labor de colaboración literaria en prensa y revistas que prueba la amplitud de conocimientos y lo bien cortado de su pluma.
De lleno en el contenido de la presente muestra, se aprecia la maestría de oficio en todas las obras expuestas junto con un cuidado pero nada académico dibujo así como con una rica cromática de variadas tonalidades.
También se aprecian sus peculiaridades resoluciones a los problemas de perspectiva y se pone de manifiesto su capacidad para adaptarse a las distintas situaciones a que le condujo su constante y buscada evolución estilística.
Igualmente sorprende su pericia para enfrentarse con el retrato o con la simple figuración de tipos, a la par que sus aciertos a la hora de tratar la naturaleza muerta, especialmente cuando ésta se nos muestra connotada por fórmulas neorrealistas que, de un lado, reafirman su indiscutible modernidad mientras que, por el otro, ponen de relieve su conocimiento y sus relaciones con la estética clásica.
Y al lado de su acertada labor pictórica, la no menos fecunda y atractiva de sus incursiones en el mundo del grabado donde, haciendo gala de su pericia como dibujante y de su amplio conocimiento de las diferentes técnicas, consiguió importantes logros que atraen tanto a estudiosos como a simples diletantes al par que con un fiel exponente de su capacidad creativa y de su buen gusto.
Por todo ello y como conclusión, puedo afirmar, sin temor a hipérbole, que estamos ante un artista nato y extraordinariamente sincero, cuya obra merece un estudio monográfico que la dé a conocer ampliamente.
Antonio de la Banda y Vargas, Catedrático de Historia del Arte de la Universidad Hispalense y Presidente de la Real Academia de bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, catálogo de la exposición en la Obra Cultural de la Caja de Ahorros de San Fernando, Sevilla, 1996

En cooperación con la Fundación Solventia